Por Juan Carlos Carabajal
Especial para NOTICIAS DEL ESTERO
No es nada fácil vivir y crecer a la sombra de un hombre con tanto carisma como el portaestandarte del idioma quichua y representante más genuino de las raíces tradicionales. A fuerza de ser sinceros cumplió a la perfección la tarea que le deparó el destino.
Nacido en Salavina, uno de los parajes más auténticos y representativos de la cultura tradicional donde nuestra segunda lengua es una presencia cotidiana, tuvo desde la más tierna infancia el contacto con lo que habría de constituir su principal razón de vivir.

De su historia chica puede decirse que era buen guitarrero y eximio bordoneador demostrado en los registros grabados junto a su padre y sus hermanas Haydeé y Carmencita conformando con ellas un trío de sabrosos matices santiagueños. En el primer disco de Elpidio Herrera y las Sachaguitarras Atamisqueñas también dejó la imprenta de su habilidad para manejar las bordonas en el mejor estilo de los viejos guitarreros.
Pero su labor fundamental tiene que ver con la entrega que puso en ese bastión inconmovible que es el Alero Quichua Santiagueño que condujo durante años para solaz y regocijo de los quichua hablantes a través de los micrófonos de Radio Nacional en la muy escuchada audición de los domingos.
Su temprana y sorpresiva partida nos deja sin palabras. Tal vez pasando el tiempo sepamos valorar la trascendencia de su tarea.
Ya te estamos extrañando, querido Rubén Palavecino.
