Por Héctor Andreani*
El mapa de las 900 lenguas nativas americanas es muy diverso, pero todas comparten un mismo diagnóstico: todas se encuentran en peligro, frente al avance siempre continuo del castellano y otras lenguas dominantes. La regimentación de poblaciones rurales, la acelerada migración y la proletarización masiva, invadieron muchísimas esferas comunicativas que antes pertenecían a estas lenguas minorizadas, habladas por decenas de millones de personas en el continente.
Hace 20 años, todavía quedaban sectores que negaban el ineludible proceso de escritura en estas lenguas. En Santiago del Estero, era común escuchar que el prejuicio de que “el quichua se habla, no se escribe”. La interculturalidad y el bilingüismo, como temas autónomos, en los últimos 20 años circularon muy lentamente por espacios estatales y áulicos, pero de modo “emergente” e inconcluso. Siempre surgen ciertas imposibilidades operativas en docentes y funcionarios que no saben “cómo comenzar” o “cómo seguir” con algo llamado “clases en quichua”, la cual no posee tradición curricular. Actualmente, es casi nula la aplicación de la Educación Intercultural Bilingüe (modalidad de la Ley de Educación Nacional 26.206), y tampoco hay promoción de cargos de enseñanza del quichua. A esto, se suma que los docentes no acceden a contenidos en sociolingüística y materiales didácticos bilingües. Pero, sobre todo, a la alfabetización en quichua.
Sonará trillado al lector plantear que cualquier alfabeto debe estar basado en esa lengua que se busca escribir. Sin embargo, en Santiago del Estero se ha cristalizado una idea muy perjudicial para el imaginario de “la quichua”: desde hace muchas décadas circula la idea bastante generalizada de que solamente debe escribirse con normas del castellano. Resulta increíble argumentar que la escritura de una lengua siempre debe estar basada en normas de la propia lengua, y no en normas exógenas de otra lengua. Desde la sociolingüística, se estudian tres formas de matar una lengua, mediante: 1) la aplicación de genocidio a sus hablantes; 2) la hegemonía, haciendo creer a los hablantes que su lengua minorizada no sirve; 3) la imposición de normas desde una lengua dominante hacia otra lengua. Nos interesa este tercer punto, que es el más sutil. Lo problemático es que aquellos quichuistas que escriben, lo hacen con lo poco o mucho del castellano al que pudieron acceder (bien o mal) en sus propios trayectos escolares. Escribir quichua con normas castellanas, se explica por la intensa escolarización del siglo XX, pero también por la ausencia de políticas estatales para una perspectiva científica sobre “la quichua”. Es decir, del mismo modo que se asegura la enseñanza de un alfabeto para el castellano, o un alfabeto específico para el inglés, y lo mismo para el portugués o el chino mandarín ¿por qué estas lenguas sí y la quichua no?
Pasaron siete décadas desde la publicación de la obra de Domingo Bravo en 1956, quien promovió un alfabeto castellanizado del quichua, lo cual parecía algo positivo (es decir, a falta de otra solución a mano). Pero durante más de siete décadas, con la ausencia de un ambiente intelectual pertinente en políticas educativas, la eficacia social de la escritura castellanizada del quichua a todas vistas ha sido nula. Las décadas pasaron, y todavía quedan algunas personas identificadas emocionalmente con la mal llamada “signografía” de Bravo. En 2010 hubo gestiones ministeriales para instrumentar cargos de enseñanza del quichua, que terminaron bloqueadas bajo la amenaza de que la mente de los niños iba a ser “erosionada con ideologías peruanas que no son las propiamente santiagueñas”. Esta postura chauvinista del “quichua escrito con normas del castellano”, por ende, terminó bloqueando la generación de empleo genuino para futuros maestros de quichua. Cabe aclarar que ninguna política educativa se basa en emociones, en un patriarca o alguien “que me cae bien”, sino en criterios científicos. No se trata de prejuicios religiosos, sino de hacer ciencia en educación, como sucede con cualquier lengua (pensemos en el castellano que aprendimos en nuestra escuela). Quien esté en desacuerdo con esto, en realidad está naturalizando el prejuicio de que “la quichua” no es una lengua. O peor: que solamente adquiere el estatus de “lengua” solamente si se la escribe con normas del castellano.
Hay políticas de alfabetización quechua, implementadas eficazmente en Ecuador, Perú y Bolivia, gracias a los aportes de la lingüística andina moderna, y desarrolladas en medios, escuelas, literatura y turismo. Pero la permanencia de un alfabeto “castellanizado” para el quichua de Santiago del Estero sigue presentando problemáticas de difícil resolución teórica y práctica, que podrían resolverse fácilmente si la “cuestión chauvinista” fuera dejada de lado. Por “chauvinismo” entiéndase “escribir quichua con normas del castellano”. Todo desarrollo de una política lingüística precisa de una lengua estándar. Dicho de otro modo: a nivel mundial, no existe lengua cuya escritura no esté basada en la estandarización. Simple: un estándar es un registro lingüístico de uso común que incluye la mayor cantidad de población posible. El estándar no tiene ninguna relación con la idea de “lengua culta”. Toda política lingüística debe promover la comunicación humana en general, y esta debe ser lo más inclusiva y expansiva (con la consecuente ampliación de sus horizontes discursivos-geográficos). Por eso, nunca debe reducirse a un discurso identitario provinciano como fundamento de un sistema de escritura. Para el caso de “la quichua” (la variedad quechua de Santiago), al ser incluida en una política de estandarización del quechua surandino (todo Bolivia, todo el sur de Perú, NOA, Santiago del Estero), queda integrada a un mapa de 7 millones de hablantes. Puede que sea una demografía mucho menor que el castellano, pero es una “comunidad” más que justificada para proyectar la estandarización.
Cualquier política de estandarización (en cualquier lengua del mundo) para construir un alfabeto, debe respetar la estructura de la lengua-objeto. Sucede en todas las lenguas del mundo, y “la quichua” no debería ser la excepción. Solamente los chauvinistas no quieren entender, pero se sabe que la evidencia básica para el quichua es su sílaba: CVC (Consonante, Vocal, Consonante). Esto trae muchas consecuencias para entender cómo escribir en quichua. Por ejemplo, mediante el castellano podría expresarse como huauckeiquecka (“me consta que es tu hermano”), pero así se violenta la ecuación silábica quichua mencionada anteriormente (CVVV+CVV+CVV+CV). Esta escritura promueve más el desplazamiento a favor del castellano, porque se imponen diptongos /ua/ /ei/ y series consonánticas en una sílaba quichua cuya estructura no las reconoce. En cambio, la resolución con alfabeto quichua es wawqeykeqa (CVC+CVC+CV+CV). Proyectemos entonces: esta palabra puede ser leída y comprendida por una comunidad de 7 millones de hablantes alfabetizados. Alguien podría replicar que “ese quichua no se entiende”, pero esto tiene una fácil respuesta: como nunca hubo educación en quichua, los hablantes naturalizaron lo poco que sabían desde la escritura en castellano. También podría replicarse que “esa escritura es peruana”, o que “afecta el habla”. Como respuesta: en el mundo no existe escritura que afecte al habla de nadie. Todo lo contrario: cuando una lengua se estandariza, esta puede codificarse con más facilidad para producir manuales, diccionarios, literatura, textos científicos y mediales, etc.
¿Y dónde hay alfabetización quichua? Hay tres ofertas académicas locales: la Tecnicatura en EIB mención Quichua, la Licenciatura en Educación Intercultural, y la Diplomatura en Lengua Quichua. También se enseña quichua en el Laboratorio de Idiomas de la UBA, el Seminario de Quechua en la UNJU (Jujuy), en el ICA y los cursos de idiomas de la UNC (Córdoba), e inclusive un curso virtual de quichua desde el PAMI. En todas, se desarrollan perspectivas y herramientas científicas desde el alfabeto quechua/quichua moderno, y su fundamentación pedagógica-social para usarse en escenarios contemporáneos (culturales, económicos, académicos, editoriales y educativos). Alguien quizá podría replicar que eso “científico” sería algo “negativo” para el habla quichua. Todo lo contrario: la lingüística quichua se basa en la consulta a los hablantes, es una lingüística de campo “descriptiva” (no prohibitiva), sostenida en la diversidad de expresiones, y sin prejuicios de purismo o “cultismo”. Y lo más importante: de todos quienes ya son técnicos universitarios, no existe un quichuista que no haya comprendido, que no haya aprendido, y que no se haya identificado plenamente con la formación universitaria sobre “su propia quichua”. De este sector han surgido quichuistas que están editando o publicando sus propias obras literarias. Estos son los mejores ejemplos de la apropiación activa de la escritura quichua.
El chauvinismo patriarcal y las ausencias de políticas educativas, entonces, fueron los dos motivos perjudiciales para el desarrollo de la escritura quichua (es decir, visto como una práctica colectiva). De haberse impulsado, la escritura quichua habría tenido impacto en la formación escolar, y por ende, esta habría tenido más presencia en la economía regional. El empresariado local y la trama turística se están perdiendo oportunidades de redes comerciales con la zona andina, donde la escritura quichua/quechua opera como vehiculización efectiva de redes de emprendimientos y plataformas digitales, nuevos dispositivos de packaging y merchandasing, circulación de productos, y el fomento de economías regionales. ¿Cómo pensar una quichua para el futuro? ¿Por qué proyectar una lengua fortalecida desde el propio status social de sus hablantes, y que contribuya visiblemente al desarrollo de la provincia? Por ende ¿dónde y cómo desarrollar la escritura quichua?
Es indiscutible el consenso de la “escritura propia” de la quichua como potenciación futura, para expandirse hacia funciones modernas del mundo actual. Mediante mejores campañas de alfabetización quichua y capacitación a docentes, se obtendría un impacto notable: más literatura, más discursos sociales visibles, proyectos educativos y productivos, y más presencia en redes digitales. Más quichuistas asumiendo la autoría de su palabra escrita. Y sobre todo, el futuro fomento de vinculaciones entre el NOA y el mundo andino. Allí, la escritura en alfabeto quichua se expresa mucho mejor (esto es, eficaz en una política de estandarización que incluye a aproximadamente a 7 millones de hablantes) en redes sociales, plataformas digitales, espacios educativos, y rutas culturales, literarias o turísticas.
- Doctor en antropología (UNC) y licenciado en letras (UNSE). Docente de la cátedra de Lingüística Quichua (Tec. Sup. en EIB mención Quichua / FHCSyS-UNSE)
Foto ilustrativa: Taller de quichua con niños del barrio indígena Awqaqkuna (Santiago Capital), a cargo de Gabriela Amarilla y Silvia Sosa, docentes de la Tecnicatura en EIB Quichua (FHCSyS-UNSE), año 2025.
