Por Martín Brao
De la Redacción de NOTICIAS DEL ESTERO
A fines de los años 90 y principios de los 2000, ser joven en Santiago del Estero también era elegir una tribu.
Aunque la provincia siempre estuvo atravesada por el folclore, las guitarras criollas o las chacareras que sonaban en todas partes, el rock de a poco había empezado a ganar espacio entre estudiantes secundarios y universitarios. Y dentro de ese universo había una discusión que parecía eterna: Soda Stereo o Los Redondos.
No era una simple cuestión musical. Era casi una forma de ver el mundo.
Los seguidores de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota eran particularmente apasionados. Defendían a la banda con una convicción que a veces resultaba difícil de explicar. Escuchaban otras cosas, claro, pero Los Redondos ocupaban un lugar diferente. Había algo más profundo que una preferencia artística. Era pertenencia.
Por aquellos años universitarios me hice amigo de Israel, un español que había llegado a la “Madre de Ciudades” como parte de un intercambio académico. Le gustaba la música y, casi sin querer, comenzó a coparse con bandas argentinas; pero no lograba comprender del todo qué significaban Los Redondos para miles de personas.
Con el paso de los meses empezó a descubrir ese universo. Escuchó discusiones interminables en barcitos. Vio remeras negras con la cara del Indio o de Los Redonditos. Escuchó historias de viajes imposibles para asistir a recitales. Y empezó a entender que detrás de aquellas canciones había algo que excedía largamente a la música.
Vivíamos a un par de cuadras de distancia, cerca de la UNSE. Una tarde, en una de esas charlas de despedida que nunca terminan, observó un grafiti pintado sobre el costado de un kiosco que aún existe, en la esquina de Belgrano y Pueyrredón.
Decía simplemente: “El mundo es redondo”. Se quedó mirándolo unos segundos. No entendía bien qué quería decir. Yo tampoco supe explicárselo del todo. Porque hay cosas que no se explican. Se sienten.
Pasó el tiempo, regresó a España y unos años después, cuando las postales comenzaban a desaparecer para siempre, recibí una desde Europa que tenía al “Gallego” de remitente.
La imagen mostraba el primer plano de una nariz con un piercing circular. Alrededor del aro, una frase: “El mundo es redondo”. Había entendido. Se cruzó con la foto no sé en qué país y un recuerdo lo trajo directamente hasta Argentina.
Por eso, cuando llega el momento de despedir al Indio Solari, no pienso solamente en un músico. Pienso en todo lo que se generó alrededor de su figura. Pienso en las amistades nacidas al calor de una canción.
Si bien era un final esperable, la noticia de la muerte cayó como balde de agua fría y pegó fuerte. Me trajo recuerdos de lugares que ya no existen, pero que nos cobijaron durante mucho tiempo.
El bar Post Data, por ejemplo, en Independencia y Alsina. El dueño era un porteño que siempre tenía alguna banda de covers tocando. Los changos y chinitas nos amontonábamos a escuchar un poco de rock y siempre había un pedido fijo del público: “Tocate una de Los Redó”.
La Taberna, del amigo “Zorro”, de los primeros espacios (o el primero) en la provincia destinado a “rockeros”.
También me acordé de Lucho Palacios que, con Los Fabulosos Bayer Boys, solía interpretar canciones de Los Redondos; o “Cabra” Azar, que hacía lo propio con una de sus bandas. “Chara”, el fanático del Indio más famoso de Santiago. Tenía su kiosco en calle Alvarado y Misiones con un grafiti del icónico grupo.
Resulta difícil explicarle a alguien de otro país quién fue el Indio. No alcanzan los discos vendidos. No alcanzan los estadios llenos. No alcanzan los títulos de “leyenda”.
Había algo más. Una conexión emocional que atravesó generaciones enteras.
Sus canciones acompañaron desencantos, rebeldías, amistades, amores y despedidas. Fueron banda sonora de quienes crecimos entre los noventa y los primeros años del nuevo siglo.
Y aunque hoy muchos vuelvan a escuchar “Juguetes Perdidos”, “Gualicho”, “La Bestia Pop” o “Jijiji”, sospecho que la verdadera despedida no ocurre en los parlantes. Ocurre en los recuerdos. En aquella pared que ya no existe. En aquella postal perdida en algún rincón de la casa de mis viejos. En aquel amigo español que terminó comprendiendo algo que parecía imposible de explicar.
Que, para miles de argentinos, el mundo efectivamente era redondo. Y quizás lo siga siendo un poco más esta noche. Aunque hoy, cada uno de esos ricoteros llora el ángel para su soledad.
