Juan Carlos Constable es, por sí sólo, una institución entre las comunidades que pertenecen a la Diócesis de Añatuya, cuyos miembros celebraron con saludos por las redes sociales y también personalmente sus 50 años de sacerdocio, de los cuales 45 los cumplió en lo más profundo del monte santiagueño, lugar donde quedó “atrapado” por el cariño y las necesidades de la gente.
Hoy su lugar en el mundo es la modesta comunidad de San José de Boquerón, en el departamento Copo, donde transcurre los días acompañado por los miembros de la parroquia de San José de las Petacas.
Su arribo a este lugar en el extremo norte del mapa santiagueño marcó el retorno de los jesuitas a la zona, después de casi 200 años. Fue por pedido de monseñor Jorge Gottau.
El padre Juan Carlos Constable nació en Catamarca el 30 de abril de 1938, es el séptimo de 8 hermanos. Sus padres fueron María Angélica Bustamante y Guillermo Constable. Fue bautizado en la basílica de Nuestra Señora del Valle. Por trabajos de su padre a los tres años fueron a Tucumán y luego, desde los 6 años, vivió en Córdoba.
Estudió en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano en la ciudad de Córdoba. Ingresó a la Compañía de Jesús a los 18 años en 1956. Estudió Filosofía y Teología en las Facultades Superiores de San Miguel. Fue docente en el Colegio del Salvador y el padre Jorge Bergoglio, en la Universidad del Salvador enseñó Teología. Fue compañero del papa Francisco durante la formación en San Miguel, Buenos Aires. Luego, estudió tres años en Santiago de Chile.
Fue ordenado sacerdote en el Colegio Máximo de San Miguel, de manos del entonces obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, el 19 de diciembre de 1970. Continuó su misión en los barrios de San Miguel, hasta 1974, cuando fue destinado por el entonces provincial de los Jesuitas, padre Jorge Bergoglio, a la Diócesis de Añatuya junto con su compañero y amigo, el padre Agustín López.

Es compositor y cantautor de música religiosa popular. Entre ellas la “Canción del Testigo”, “Cristo Obrero”, “Señor Tú me llamas”, “Llevo una Esperanza”, “Dónde está el Hombre”, “Himno a la Virgen de Huachana”, y 38 canciones más.
Fue director de las Voces de San Miguel, con quienes grabó todas las canciones y la Misa Criolla. Fue secretario ejecutivo musical del Primer Festival de Canto Popular Religioso en el teatro Coliseo de Buenos Aires, y asesor de las Organizaciones Campesinas de Santiago del Estero desde 1981 hasta 1996.
También fue asesor del Proyecto del Salado del obispado de Añatuya, para capacitar a los campesinos del Salado Norte. En 1974, estuvo en Añatuya, trabajando en los barrios y con los jóvenes, sobre todo en la organización de coros y la representación del Evangelio Criollo. Ese año era el Año Eucarístico Internacional y en la diócesis se organizó una misión con las imágenes del Señor de los Milagros de Mailín y la Virgen del Valle.
Monseñor Gottau les pidió especialmente al padre Juan Carlos y al padre Agustín que se hicieran cargo de la zona del Salado, pasando por Bandera Bajada, Santos Lugares, San José del Boquerón, La Candelaria, Villa Matoque, Nueva Esperanza, Monte Quemado, Pampa de los Guanacos, las Perforaciones y Sachayoj, más de 300 kilómetros de recorrido que duró casi un mes.
Es este recorrido tuvieron la oportunidad y gracia con el padre Agustín de pisar estas tierras del Salado Norte, zona dónde hacía más de 250 años se habían radicado los Jesuitas en la Reducción de San José de la Petacas, en 1762.
A pedido especial del obispo y su gran deseo de que los jesuitas tomen esa extensa zona, el provincial de la Compañía de Jesús, padre Bergoglio, aceptó y decidió enviar a los dos jóvenes jesuitas.
En la Pascua de 1975 se instalaron en San José del Boquerón. La tarea a la que se enfrentaron fue enorme, y también el abandono de las autoridades que se veía en todas las poblaciones de la zona. Inmediatamente iniciaron una ardua tarea de pastoral, evangelización y promoción e todos los aspectos.
Pero encontraron una fe muy fuerte en los habitantes, todo lo que habían sembrado sus antiguos jesuitas había dado el fruto de una fe muy profunda, muy arraigados en el Bautismo (con los bautizadores), el rezo del rosario y los novenarios a los santos y la Virgen, mantenida de generación en generación por los rezadores, que aún hoy existen.
Con tanta carencia que veían en los pobladores, lo primero que le pidieron fue que le devuelvan el San José que habían llevado hacía casi 50 años al museo en Santiago Capital, ellos decían: “Se lo llevaron preso”. Junto con el obispo, gestionaron la restitución de la imagen que llegaría el 8 de Noviembre de 1975.
La parroquia era, en esos años, muy extensa: desde Bandera Bajada hasta los límites con Salta. Y desde ese entonces el Padre Juan Carlos (45 años) se encuentra en el monte con la gente que tanto ama, y como él dice, lo hicieron verdaderamente sacerdote. “Por ti, mi Dios, cantando voy, la alegría de ser tu testigo, Señor”.
Fuente: Aica
