Por Juan Anselmo Leguizamón*
A riesgo de ser meramente impresionista, me parece que en Santiago nos desplazamos hacia una nueva forma de escribir historia: la “historiografía fría”. Se opone a la manera inmediata anterior de escribir historia que podemos llamar “la historia en caliente”. ¿Qué es esto? La reciente presentación del libro de Esteban Brizuela sobre la historia de la “historia de la historia de Juan Felipe Ibarra” (de cómo se escribió sobre el caudillo en Santiago) motiva esta dicotomía -gruesa, por cierto- que puede ser indicativa de un cambio cultural en Santiago: emerge una historiografía que ejerce un control sobre sus pasiones (políticas, en principio) en favor de una reconstrucción o interpretación libre de exabruptos y partidismos, en definitiva libre de afecciones y/o afectos. En la historiografía fría las emociones se mandan al fondo y no son fáciles de advertir, incluso se las relativiza o niega. Se sostienen con firme rienda las pasiones. En contraposición, en la “historia en caliente” -que el libro de Brizuela analiza “fríamente”- aquellos autores escriben al calor de pasiones inocultables por la política, lo social, etcétera. No es casual tampoco que los “historiadores calientes” (los que se ocuparon de Ibarra, en el caso de este libro) hayan tenido, más o menos aflorada, una vocación literaria, por el ensayo de cuño literario: la literatura es el terreno fértil de las pasiones, acaso el terreno por excelencia de las pasiones (incluso en la que podríamos llamar la literatura fría que juega con ello, pero es otro tema). Pues bien, podemos tomar hoy este libro de Brizuela como hito simbólico, porque es parte de una generación de historiadores que avanza hoy, pero en realidad es un tipo de historia que ya se viene escribiendo hace unos años y tiene que ver con otra oposición más vieja: la Academia versus la Vocación. Tuvimos -tenemos, en todo el país, en todo el Norte- historiadores vocacionales, apasionados de la historia sin obligaciones académicas, por gusto y afecto por la narrativa o la escritura de la historia, por dar a entender hechos y procesos que afectan el sustrato cultural y político de una sociedad. Por otro lado, tenemos a los historiadores con formación académica en las carreras de historia de las universidades que, poco a poco, por razones de edad y actividad crecientes, aparecen cada vez más en charlas y publicaciones. Estos últimos son lo que van incorporando la “frialdad” en la cuestión histórica, investigadores antes que ensayistas (el ensayo produce vértigo), que “no se casan con nadie”, no empuñan ninguna espada, ya no se baten a duelo, solo les caben algunas polémicas de florete más o menos soterradas o antipatías académicamente controladas. Los otros, los vocacionales, más ensayísticos, son o eran los “historiadores calientes”, que escribían en caliente, con apasionada vocación, con datos, pinceladas y lances en defensa de alguna causa o corriente que consideraban justa (basta recorrer el libro de Brizuela sobre las escrituras de la historia de J.F. Ibarra: Figueroa, Gargaro, Maidana, Alén Lascano, entre otros). La justa por la verdad versus la búsqueda de la verdad. También es un cambio de época: ha llegado progresivamente la academia y la profesionalización a la escritura de la historia en Santiago. Al parecer, es en la universidad donde se incorpora la sujeción moderna de las pasiones como una dimensión ética de la ciencia, de la búsqueda de la verdad (objetiva) no exenta de polémicas pero sin llegar a negarse el saludo y mucho menos agarrarse a las piñas. Releer a Nobert Elias. En este sentido, el juego académico parece priorizar y premiar en la indagación el juego de la inteligencia (fría, lógica, sherlockiana) por encima del juego de las pasiones (de la novela negra norteamericana, por ejemplo). Luego del interregno de La Brasa, podría decirse que asistimos a una segunda modernidad, a pesar de que -hay que decirlo- el análisis de la escritura de la historia en el mundo es parte de una corriente diferente y “post”. De todas maneras, la emergencia de los medios, el reconocimiento de la polifonía y la relativización de los discursos otrora esenciales también hicieron su parte con la academia y las vocaciones, con al “Antiguo Régimen”, con los fríos y los calientes. Incluso produjo híbridos como Felipe Pigna, un apasionado pero flemático narrador en los frentes de la historia -tal vez el secreto de su éxito.
* Escrito en caliente, Santiago del Estero, junio de 2016.
La Historia fría en Santiago