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LADO B: “Vestigios latentes”

LADO B: “Vestigios latentes”

En una nueva entrega de LADO B, presentamos un trabajo de María Fernanda Miguel en el que no solo rinde homenaje a su abuelo, sino a todas las personas que dejan huellas imborrables en nuestras vidas. Con cada imagen, transmite las tradiciones y el amor familiar que trascienden el tiempo, y que además mantiene vivos los recuerdos.

LADO B es un proyecto de Joaquín Camiletti para Noticias del Estero, que nació con la misión de resaltar el talento y la creatividad de los santiagueños, destacando inicialmente a los emprendedores autogestivos. Hoy, el proyecto evoluciona, visibilizando historias humanas que invitan a la reflexión y conexión emocional.

Vestigios Latentes” es un ensayo que nos invita a reflexionar sobre el legado de aquellos que nos marcan, recordándonos la importancia de lo que realmente perdura: el amor, los momentos compartidos y los recuerdos que nunca se apagan..

Foto: Maria Fernanda Miguel

Por Maria Fernanda Miguel

El hombre que se sentaba a la cabecera de la mesa, con la mirada fija como un capitán observando a su tripulación, no era un hombre cualquiera. Franco Iovino, o “Papilo” para quienes lo amamos, era un universo en sí mismo, un volcán de historias, risas y gestos.

Tan ruidoso como los fuegos artificiales que le entusiasmaban, tan cálido como el sol en las primeras horas del día, su presencia lo ocupaba todo. En cada rincón de su vida había una tradición, un chiste, una canción, y su llegada se anunciaba antes de verlo, ya sea por el inconfundible sonido de su auto o el timbre insistentemente alegre que siempre precedía a su entrada. Es difícil pensar en él sin que su risa resuene aún en el aire. Su voz, poderosa y desbordante, atravesaba paredes y distancias, mientras su alegría, inmensa y contagiosa, envolvía a todos a su alrededor.

El italiano, que había aprendido de su familia, sonaba como una melodía que él no dejaba escapar. Orgulloso del país de origen de su familia, compartía sus anécdotas de viaje y su amor infinito por los cannoli, así como también le encantaba compartir la música. Las paredes de su casa resonaban con la voz de Pavarotti, creando una extraña armonía entre la grandeza de la música clásica y la energía ruidosa de su ser. No importaba si era un domingo cualquiera o Navidad, lo importante era compartir.

 En esos domingos de pastas, donde Papilo era el alma de la fiesta, el que dictaba el ritmo con su risa, su cariño y su alegría. Su presencia era tan fuerte que el mundo parecía adaptarse a su energía. Incluso cuando la tristeza se deslizaba en su vida, él nunca permitió que su familia la percibiera. Siempre el pilar, el padre fuerte, el hombre que, al igual que los motores que tanto amaba, vibraba con una pasión que no ocultaba. Los rugidos de los autos, para él, eran una sinfonía; su alma se alimentaba de esos sonidos, como si formaran parte de su propio ser.

Papilo era también un hombre de tradiciones y rituales, como lo era sacar a cada uno de sus nietos a pasear mientras cada cierto tiempo, frenaba el auto de imprevisto para reirse de la inercia que te lleva a ir un tanto hacia adelante y soltar “saluden” o, también, llevarlos por un café en el hotel que compartía con sus hermanos, donde cada vez que aparecía uno de ellos se burlaba afectuosamente de su seriedad en complicidad con el afortunado que sea parte de ese momento con él.

Para nosotros, era la luz que guiaba a todos, el “mejor papá”, ese ser que se entregaba sin reservas. En su universo, los hijos, nietos y bisnietos giraban en su órbita, y él, el sol que los iluminaba. Sus cinco hermanos eran sus cómplices, sus compañeros de travesuras, y las risas nunca cambiaban, incluso con los años. Su relación con su esposa Yolanda era un reflejo de la pasión y la ternura que lo caracterizaban.

 La llamaba “mi palomita”, un apodo que llevaba consigo no solo el cariño, sino también la protección y la admiración que sentía por ella. No era de gestos pequeños ni de palabras suaves, pero su amor por ella se manifestaba en cada acto, en cada detalle. La serenata desde su ventana, la danza del vals o la tarantela, eran solo algunas de las formas en las que expresaba su devoción.

Ella era su compañera, su confidente, la mujer que lo equilibraba, y él, a su vez, se encargaba de rodearla de un amor incondicional, un amor que nunca pedía permiso para florecer. Su relación no necesitaba de demasiadas palabras, porque en sus miradas, en sus gestos, estaba toda la historia compartida, un pacto tácito de amor eterno, ese amor que le ofrecía con la misma generosidad con la que vivió su vida.

Franco era la viva presencia de la alegría, de la vida en su forma más pura. A pesar de su carácter fuerte, nadie podía dudar de su cariño. Era el protector, el que estaba presente en cada paso de sus hijos y nietos. Sus palabras, siempre sabias, dejaban pequeñas lecciones de vida que no se olvidaban. Su amor era un hecho palpable, una certeza que nunca se cuestionaba, y aunque su presencia era ruidosa, su amor era profundo y silencioso, eterno.

Cuando se fue, dejó un vacío en el aire que aún resuena. Pero en ese vacío se queda su risa, sus historias, el estruendo de su vida que nunca dejará de sonar. “Siamo lontani dal corpo e vicini dal cuore”, solía decir, como quien sabe algo que no puede ser explicado del todo. Nuestros cuerpos están lejos, pero el corazón sigue cercano, como una presencia intangible e inexplicable. En cada reunión, en cada celebración, sentimos su cercanía, como si, de alguna manera, él nunca se hubiera ido.

En el fondo, sabemos que siempre estará con nosotros, en cada rincón de nuestra memoria y en cada gesto de amor que compartimos.

Foto: Maria Fernanda Miguel

Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel
Foto: Maria Fernanda Miguel

 En esos domingos de pastas, donde Papilo era el alma de la fiesta, el que dictaba el ritmo con su risa, su cariño y su alegría. Su presencia era tan fuerte que el mundo parecía adaptarse a su energía.

TEXTO/FOTO: Maria Fernanda Miguel

MONTAJE/EDICION: Joaquin Camiletti (IG: @joaquincamilettiok)

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