Por Sergio Salerno*
Buenos Aires, 1995.
Por entonces, creíamos que ya habíamos vivido bastante horror. El Nunca Más parecía insuperable. Pero había mucho más. En 1995, el represor Scilingo habla, el periodista Horacio Vertbistky toma nota y el diario Página 12 revela que la dictadura arrojaba vivos a cientos de presos/as políticos, al mar y al Río de la Plata.
Pozo Hondo, 1996.
Yo estaba casi en el centro de la Argentina, ese día; entre dos paisajes: el monte bajo santiagueño, de color verde seco, y más lejos veía claramente los cerros tucumanos. Parado allí, miraba ese horizonte de montañas a esa hora marrones y alucinaba la escena de otro vuelo de muerte: podía ver el helicóptero, los militares, el prisionero, seguramente atado, golpeado, manchado en sangre reseca. Imaginaba el final: el cuerpo levantado, empujado y cayendo pesado, atravesando los árboles y rompiendo el suelo. El lugareño me contó que lo hallaron metido en la tierra.
Se sabe que un médico sacha forense le miro los dedos y que los tenía quemados.
Lo sepultaron allí mismo, y de boca en boca el pueblo chico de Pozo Hondo se fue enterando. Unos días después un cura logró que lo lleven al cementerio.
Dicen que vestía ropa de combate.
Yo estaba, ese día de 1996, mirando su tumba, N.N. y 1975 dice la “crucita” y tiene flores frescas y restos de velas. La gente lo empezó a venerar por compasión, luego alguien aseguró que se le cumplió un pedido. Primer milagro y de ahí en más le llamaron el “alma bendita”, “el caído del cielo” “el muertito”. Me dicen que todos los días hay flores Los estudiantes entran al cementerio y le piden antes de los exámenes; los mayores, por salud o por algún animal que se les perdió.
Ajeno al pueblo, sin familia. ¿Dónde estará su familia? Seguramente aún lo espera, aún lo busca, ¿cómo hallarlo? ¿Cómo reencontrarlos? No había respuestas.
Al día siguiente publiqué el caso en uno de los diarios de Santiago del Estero. Un día después lo replicaba Página 12. Era el primer vuelo de la muerte a tierra que se conocía.
Tandil, 2009.
Más de diez años después -cuánto tiempo-, me avisan por teléfono que lo habían identificado al NN de Pozo Hondo.
– ¿Quién era?
– Se llamaba Tomás Francisco Toconas, trabajador rural de Santa Lucía, tucumano. Abanderado de la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” del ERP.
Abanderado, uno de los mejores. Después supe que entró de la mano del propio Ramón Rosa Jiménez. Los dos eran de Santa Lucia, por aquellos años un pueblo de unas 700 casas.
A Ramón Rosa Jiménez lo habían matado a patadas.
– Le reventaron los riñones. Agonizó poco tiempo. –me dijeron.
Dos de sus torturadores eran de allí mismo, policías de Santa Lucia, se conocían. Fueron asesinados dos años después por un grupo de guerrilleros que tomó Santa Lucia una noche.
– Fueron ajusticiados – me contextualiza un ex erpio.
Al muertito, al caído del cielo, al ama bendita lo atraparon tiempito después y ese día el Ejercito del Operativo Independencia de Bussi celebró haciendo sonar bombas de estruendo en Santa Lucia, lo buscaban, era uno de los mejores.
La tragedia no termino allí, ni en la tortura, ni con Toconas cayendo desde un helicóptero para desaparecer en suelo santiagueño. A la familia, le reventaron el rancho dejándolos a la intemperie. La mujer de Toconas, humilde como él, la mujer del hachero guerrillero, también fue víctima. La obligaron a ser esclava sexual permanente de los soldados. Murió, según dicen, alcohólica. De sus tres hijas y sus tres hijos, algunos se fueron a Buenos Aires, otros quedaron en Tucumán.
Ese año -2009- recibieron los restos de Toconás y los enterraron en Santa Lucía. La gente rodeó el cortejo, y todavía con un miedo que no termina en este pueblo de casi 50 desaparecidos, algunos preguntaban cómo lo habían hallado porque ellos también tenían su desaparecido.
En Pozo Hondo quedó la tumba vacía. Más de tres décadas Toconas estuvo allí, alumbrado, recibiendo flores, oraciones y pedidos. Estuvo y estará en las creencias de la comunidad, popularmente canonizado, y se afirma con orgullo en el pueblo, que lo cuidaron. Y es verdad.
Pozo Hondo, 2015.
El intendente empieza su primer discurso parado frente a la tumba de Toconas (foto). Que solo queda tumba, y una escultura en su homenaje y en su recuerdo. El intendente habla de los derechos humanos, de Toconas, de su valor como revolucionario y de su don milagrero. Emociona a todos. Lo rodean los concejales, los organismos de DDHH de la ciudad Capital. La bandera con la foto de los desaparecidos santiagueños, la de las marchas, oficia de fondo desplegada en el cementerio, y están ex compañeros del PRT.
Y también están dos de sus hijas (foto), en el centro de esta instancia. Una de ellas habla, hasta que no puede más. Agradece entre lágrimas.
Hablan los concejales, trasmiten afecto. Lo elogian, lo reivindican, lo describen como si fuera un pozondeño más. Una de las ediles, les dice a las hijas:
–No están solas, el pueblo de Pozo Hondo las acompañará siempre.
Una placa y una escultura de madera en la tumba. Luego el homenaje incluirá una calle con el nombre del abanderado de la Compañía de Monte R. Rosa Jiménez. El intendente se ocupa de informar que esa calle es importante y señala un barrio de trabajadores en construcción, una escuela y anuncia otras obras en esa arteria de tierra todavía. No es una calle más ni perdida por ahí. Y hasta eligieron la esquina que cruza con Malvinas Argentinas, para descubrir el cartel con el nombre del homenajeado (foto). 
Se está terminando un largometraje con esta historia que hasta realismo mágico tiene y ya está la canción que canta Peteco.
Llegué a este homenaje en Pozo Hondo luego de un sinnúmero de casualidades y equívocos, detrás de una película de terror en un bar-librería. Equivoqué días y el lugar. Cuando finalmente coincidí con la proyección, allí alguien me dijo que al día siguiente era el acto en Pozo Hondo, el sábado 2 de mayo de 2015. Necesitaba estar; nunca dejé de recordar mis preguntas frente a la tumba en 1996. Se lo conté a sus hijas, que para esos mismos días no lo querían imaginar muerto.
-Lo estábamos esperando, me dijeron.
* Periodista.
