Por Gustavo Caro
Especial para NOTICIAS DEL ESTERO
La primera vez que leí el nombre de Raymundo Gleyzer fue en una nota en revista FILM, publicada en la sexta entrega en marzo de 1994. En esa nota, Fernando Martín Peña narraba la investigación y búsqueda que venía realizando en torno a la obra de Gleyzer y el grupo Cine de la Base.
Había localizado una copia de “Los traidores” en 16 mm. -blanco y negro- que Juan Carlos Arch, cineclubista santafesino, había guardado celosamente casi por veinte años. Para que el material viera la luz, Peña se ocupó de ponerlo en condiciones de ser proyectado. La presentación de la película se hizo en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la ciudad de Buenos Aires, en junio de 1993.
Después de muchos años, “Los traidores” volvía a proyectarse públicamente en el país. Cinco años después, desde el centro de estudiantes de la ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica) decidimos homenajear a los cineastas desaparecidos durante la dictadura. Una de las películas programadas fue un documental de Gleyzer, “México, la revolución congelada”. La vimos en una copia impecable en 16 mm. -color- que el mismo Peña nos cedió para la ocasión.
La proyección la hicimos en el set de la antigua sede de calle Salta, en el barrio de Monserrat, que también oficiaba de sala cinematográfica. Nos acompañó en la presentación el Negro Humberto Ríos, director de fotografía del documental y ladero de andanzas de Raymundo Gleyzer. Meses antes me había despachado con la obra de Cine de la Base, mayormente filmada en la clandestinidad, en un ciclo que programó la Filmoteca Buenos Aires que dirigían Octavio Fabiano y Fernando M. Peña.
Para fines de los noventa, la figura de Raymundo Gleyzer ya había abandonado el olvido y su obra y la del Cine de la Base eran de visionado obligatorio para cualquier cineasta militante de lxs muchxs que por entonces asomaban “gracias” al menemismo. Un año antes del estallido social, Peña y Carlos Vallina publicarían la primera biografía de Raymundo Gleyzer, “El cine quema”. Luego todo estallará por los aires y el nombre de Raymundo se convertirá en emblema de los colectivos documentalistas que acompañaron aquellos días de lucha en las calles.
En el 2002 regresé temporalmente a Santiago del Estero. Junto a estudiantes de sociología organizamos un ciclo de cine político en la Universidad Nacional (UNSE). Se daba los viernes por la noche y la asistencia era escasa. Carlos Juárez gobernaba su epílogo, pero el miedo a la represión era palpable. Recuerdo que la noche dedicada a Gleyzer y al Cine de la Base empezamos la función con dos espectadores. Luego llegaron algunos más, pero en realidad iban al ciclo de cine clásico que dábamos con el Negro Argañaraz en el siguiente turno.
No fue la única vez que programé a Gleyzer en Santiago. Lo hice en otras ocasiones de forma independiente y lo colé en muchas de las proyecciones que desde la Subsecretaría de Cultura pudimos llevar adelante durante la gestión de la intervención federal en el 2004. Hasta creo que lo programamos en el penal de varones.
Hoy se cumplen 50 años de su secuestro y desaparición a manos de la dictadura militar. La ENERC está tomada por sus estudiantes y sus docentes están de paro por tiempo indeterminado por primera vez en su historia. Como la población, el cine argentino se asfixia. En su homenaje, el 27 de mayo se conmemora el Día del Documentalista argentinx. En Santiago del Estero, la biblioteca provincial de Derechos Humanos lleva su nombre. Si de sostener su memoria se trata, el nombre de Raymundo Gleyzer me remite a dos momentos claves de mi experiencia: la función de homenaje en la ENERC y esa noche de viernes en la UNSE.
