En Icaño, un pequeño pueblo del interior de Santiago del Estero, la idea de ir a la universidad parecía un sueño ajeno, casi prohibido. Allí creció Dana Strojil, que hace apenas unos años creía que estudiar una carrera universitaria era un privilegio reservado para otros.
Hoy, gracias a su esfuerzo, al apoyo de su familia y al acompañamiento decisivo de Fundación Sí, Dana es trabajadora social. Su historia emocionó a todo el país tras ser relatada en el programa Perros de la Calle, que se emite por Urbana Play, junto a el presidente de la organización, Manu Lozano.
“A LOS 11 AÑOS ENTENDÍ QUE NO DEBÍA PERMITIRME SOÑAR”
Dana contó que su vínculo con la educación estuvo marcado por un episodio que la marcó para siempre. “Una vez escuché cuando mi hermano mayor les dijo a mis papás que quería estudiar para ser ingeniero agrónomo y mis padres le dijeron que no podía, porque no había dinero. Yo con 11 años entendí eso y dije: no me voy a permitir soñar porque sé que me va a doler”, relató.
En Icaño -como en tantos rincones del interior del país- soñar puede convertirse en un ejercicio doloroso. La falta de recursos, las distancias y las pocas oportunidades hacen que muchos jóvenes se resignen antes de intentarlo. “Con 11 años te limitás a no soñar, porque pensar en la universidad es frustrante”, recordó.
LA OPORTUNIDAD QUE CAMBIÓ TODO
La vida de Dana dio un giro en 2019, cuando ingresó a la Residencia Universitaria de Fundación Sí en Tucumán, un espacio donde jóvenes de todo el país pueden estudiar sin que la falta de recursos sea un obstáculo. Allí encuentran vivienda, acompañamiento, contención y una comunidad que sostiene y alienta.
Pero llegar no fue fácil. Sus padres dudaban: aunque la residencia cubría alojamiento y comida, ellos no podían asegurarle dinero para los gastos mínimos de todos los días. Fue su hermano -el mismo que no había podido estudiar en la universidad- quien insistió para que Dana tuviera una oportunidad distinta. “Él les dijo: ‘¿Por qué les van a quitar a ellas la oportunidad que yo no tuve? Mándenla, yo los voy a ayudar’”, contó emocionada.
Finalmente, su mamá la animó: “Vas a ir. Yo sé que estabas indecisa sobre qué estudiar, pero vos servís para trabajar con la gente. Tenés alma de asistente social”, le dijo. Y tuvo razón.
Hoy, Dana es trabajadora social. Su título representa un triunfo colectivo: el de una familia que apostó pese a todo, el de una comunidad del interior que celebra cada logro de sus jóvenes, y el de una Fundación que desde hace más de una década sostiene, acompaña y transforma vidas en todo el país.
La historia de Dana es también la prueba de que cuando las oportunidades existen, el talento del interior florece.
Fuente: Urbana Play – Perro de la Calle


